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Querido diario:
Hoy, el mundo ha cambiado, acabo de despertar de la realidad más cruda que mis 19 años han visto hasta ahora y mi mente está tan revuelta que no sé ni porqué escribo y si tiene esto algún sentido. Está mañana al levantarme sentí por primera vez que este departamento no estaba solo; mi hermano estaba sentado en la mesa sencilla de la cocina, había preparado el desayuno: el café, huevos cocidos, fruta picada y un sándwich de mermelada de fresa con mantequilla. Nunca me sentí menos sola desde que llegue al Distrito Federal hasta está mañana. Nunca.
Al verlo mis ojos se humedecieron, pensé que todo habría sido solo una pesadilla, una triste y desgraciada pesadilla. Corrí hacía él, le bese la fría frente y comimos alegres en silencio.
Las 8:00 en punto, debo irme a la Universidad y salgo tranquila de la casa, nos despedimos en la puerta y al llegar a la escalera vuelvo la mirada una vez más… se ha desvanecido. No. No, entró al departamento sin cerrar la puerta, así que camino hasta allí y la cierro mientras grito hacía adentro “¡Hasta luego!”.
Al entrar a la escuela una bala de incertidumbre atravesó mi cabeza y de repente la pesadilla fue comprendida, mi hermano estaba irremediablemente muerto. Pero, pero… ¿Cómo podría ser, si habíamos desayunado juntos? ¿Cómo podría entonces haber besado su frente, su… fría frente? ¡No! No es verdad.
La incertidumbre me paralizó por varios minutos hasta que la fuerza de varias miradas me hizo reaccionar, estaba en la puerta del salón de clases y 30 pares de ojos me contemplaban en silencio, y más que la mirada fue la compasión la que me hizo volver en mi, había una compasión empalagosa en aquellas miradas y un largo silencio después. Ellos lo sabían. Asustada busque entre aquellas figuras conocidas, algo que rompiera esa inmovilidad. Puedo suponer de qué manera me contemplaban, porque seguramente me veía tan perturbada que uno de ellos se acercó y me abrazó.
“Gracias” dije. (¿Gracias?)
Mi cabeza se hundió en esos hombros, las miradas se alejaron y el ambiente se relajó. Me senté y reconocí a todos.
“¿Te sientes mejor?” me preguntó Erika, que me había abrazado.
“Sí, ¿porqué?” le dije sin pensar.
“Ayer te veías bastante mal, me arrepentí de no acompañarte a tu casa, no debí haberte dejado sola, pero no sabía que hacer y no sabía que decir…” susurraba algo exaltada.
“¿Sola?”
“Pues si… lo lamento tanto.”
“No te preocupes, no estaba sola” le dije tranquilamente.
Ella soltó un suspiro largo y se dio la vuelta, la maestra comenzó la lección.
(…)
El día transcurrió normal a partir de ese momento, aún siguieron mandándome tristes gestos y bastantes silencios, pero de todas formas no me importó, mis pensamientos estaban alejados, estaba recordando mi casa, allá en la bella Michoacán: el jardín llenó de flores, las cortinas ligeras de la sala, las pinturas de mi mamá, mi padre tomando café en su sillón, el gato en la ventana, ahhh… extraño tanto mi hogar. Desde que llegue acá a estudiar, lo he visitado tan pocas veces. Aquel cuarto de niña con sus paredes amarillas, la niña que salió temprano del lecho para ir a la capital a buscar un futuro mejor, para estudiar en la Universidad, para abrir una brecha a mis hermanitos… Rosa y Ricardo.
Aún recuerdo la despedida hace un año más o menos, todos estaban alegres por mi, yo sabía que mi madre estaba ahogándose las lagrimas en la garganta para no llorar, y yo se lo agradecía, pues fácilmente hubiera decidido quedarme. Rosa me compró este diario, para que nunca olvidara nada, mi padre me daba mil consejos, y mientras todos me colmaban de bendiciones Ricardo había ido a esconderse debajo de la cama. Yo pensé que estaba celoso, porqué siempre fue muy envidioso, así que no hice mucho caso. Semanas antes se la había pasado festejando por el nuevo cuarto que tendría, más amplío que el anterior, y porqué ahora seria el más grande de la casa… 12 años y ya era “el hermano mayor”. Claro, sí yo no estaba.
Llegó el momento de irse y me sentí culpable de hacerlo sin decirle adios a Ricardo así que lo fui a buscar, llegue y al verme salto de la cama a mis brazos: “No te vayas, porfavor”; sendas lagrimas rodaron de sus regordetes cachetitos. “No te vayas” me dijo de nuevo. Y yo no sabía que hacer, lo puse de nuevo en la casa no sin alguna dificultad, ya que estaba aferrado de manos y pies a mi.
“Entiende” le dije ya un poco molesta.
“Voy a volver, regresaré y vendré a visitarlos, lo prometo” y salí de allí.
Cumplí mi promesa, llamaba por telefóno todos los días y cada mes iba a casa a pasar un par de días con mi familia, pero ya no era lo mismo, ya nunca va a serlo.
La última llamada que recibí fue hace tres días, era mi tío Antonio:
“¿Araceli?”
“¿Tío Antonio?, ¡Que milagro! Vaya, es la primera vez que me llamas ¿Cómo has estado?”
“…”
“¿Sucede algo?”
“Pues Ricardito está en el hospital, y pues quieren que vengas.”
Y a mi mente vino aquella ocasión en que se rompió la pierna por andar jugando en la escalera y tuve que faltar un par de días a la Facultad para estar con el en casa, después de todo no la pasamos nada mal, así que está vez no me preocupe demasiado, seguro estaría feliz de verme, un día anterior hablamos por teléfono.
Ricardo estaba más serio que de costumbre, tenía metida en la cabeza la idea de irse unos días conmigo, pero aún no estaban cerca las vacaciones y mis papás jamás lo permitirían, así que finalmente lo convencí de esperar a diciembre, a tal vez la segunda semana, para pasar Navidad y Año Nuevo con mamá, papá y Rosa. Antes de colgar me dijo: “Hasta luego, ya no te enojes, prometo esperar.” Y colgó.
… … el único sonido que quedó fue la monótona señal de imitación del auricular… … cómo ahora. Mi tío colgó, quedando antes en la hora a la que me verían en la central ese mismo día.
Nunca imagine lo que pasaría, aún no estoy segura de que halla pasado. No quiero.
Subimos al carro de mi tío, él sumamente nervioso me ponía de vez en cuándo la mano en el hombro y tuve el presentimiento de que mi hermano tenía algo más que una pierna rota.
“Hay que ser fuertes Araceli” me dijo.
El aire abandono mi cuerpo y para cuándo tuve fuerza para preguntar habíamos llegado a casa, ¡Dios me perdone si miento al decir que fue el infierno para mi!
50 sillas enfiladas en el jardín, tíos y tías, primos y primas, mi madre evitando enfrentarme abrazando a mi padre. Ni una sola mirada, ni una sola palabra para mi.
Y en el momento más angustiante de mi vida, entre corriendo a la casa, ni siquiera pase a la estancia, corrí a busca a Ricardo debajo de la cama…
¡No!
Bajo la escalera y lo veo, lo abrazo, lo cargó hacía mi pecho mientras acaricio su pelo, sus manos la frías y muertas tan suaves como siempre. Y por más que lo llamó, ya no contesta.
“¿Ricardo?”
A duras penas me separan del cuerpo muerto de mi hermano.
Y yo gritando: “¡No es justo, tiene trece años!
(…)
Sus mejillas antes tan rosas, su frente sudorosa de hacer tanto ejercicio por andar corriendo con la pelota adentro… ya nadie romperá floreros en casa, ya nadie me jalará el cabello. Ya nadie suplicará cada mes:
“Araceli, no te vayas… por favor” y nadie me besará los ojos para secar mis lágrimas, mis tontas lágrimas: “Araceli, no llores por ese muchacho, yo también te quiero… mucho más”.
Yo no supe cuánto quise a mi hermano hasta que lo tuve tan lejos, y descubrí que era lo qué más extrañaba de Michoacán, pero yo no podía volver. Yo estaba en la Universidad por ti y por Rosa. Perdóname, quizá no te perdí está semana, quizá te perdí desde aquel día en que decidí venir…
Las lágrimas mojaron mi cuaderno de notas, y la maestra me sacó del salón para respirar mejor.
“Mi hermano no puede estar muerto, estaba conmigo está mañana” le digo enojada.
“Tienes que ser fuerte” contesta comprensiva la maestra.
“¿Ya para qué?” y le grito “Sí lo que por falta de fuerza no le dije, ya no se lo puedo decir.”
De repente la maestra ya incomodada se da la vuelta y se marcha. Y yo también vuelvo a mi departamento de universitaria. Más abandonado y más gris que antes.
“¡Ya regrese!”
Viene a mi encuentro Ricardo y me abraza como aquella vez:
“No te vuelvas a ir, por favor”
“Nunca, no de nuevo” y le beso la fría frente.
Mi hermano se suicido el lunes, después de colgar el teléfono.
Rosa de 10 años lo encontró aún luchando contra la soga, pero sus manos infantiles fueron incapaces de salvarle la vida, y lo vio morir. Después del funeral quise platicar con ella, pero ninguna de las dos pudimos y entiendo su voto de silencio. Entiendo, entiendo la angustia que sintió, y sobre todo la impotencia.
¿Qué lo hizo tomar esa decisión? Resolverlo no lo va a traer de nuevo. Pero lo que más me duele es no haber podido estar allí. Yo sé que Rosa hubiera podido salvarlo si también mis manos la ayudaran.
(…)
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